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José Antonio Brambila Los grupos de intereses creados, como las televisoras, han sido los grandes beneficiarios de la transición. En México, estos grupos conviven ‘codo a codo’ con instituciones y procesos presumiblemente democráticos: los feudos en medio de la vida democrática. El comportamiento de estas parcelas de poder se muestra, se demuestra y ejerce todo el tiempo, pero en época electoral, opera de forma ostentosa. Da cuenta de esto el proceder, durante la elección de 2012, de Tv Azteca, que explota dos redes de televisión abierta de alcance nacional y una en el área metropolitana de la Ciudad de México. Ahí están, el afán de esta televisora de crear una "telebancada" para hacerle el trabajo “sucio” en el Congreso, o el desprecio por reglas y valores democráticos que demostró al denostar y atacar al órgano electoral (“¿Democracia para qué?”, preguntó en 1999 Salinas Pliego, dueño de Tv Azteca); o la prepotencia del concesionario que ha preferido transitar por un laberinto legaloide, en lugar de pagar los castigos correspondientes por haber violado (en forma deliberada) la legislación electoral. Aunque en comparación con la otra televisora comercial: Televisa, la televisora del Ajusco tiene un pedazo más chico del espectro (39 por ciento), de la audiencia (28 por ciento) y del "pastel" publicitario (30 por ciento); opera con una capacidad de chantaje altamente efectiva, igual o mayor que la de su único “competidor”. En la actualidad, la política se encuentra enmarcada por formas, usos y costumbres de los medios de comunicación, en particular de la televisión, medio hegemónico por excelencia: 8 de 10 mexicanos se informan de política por medio de la “caja idiota”. Sabedoras del poder que ostentan, las televisoras han chantajeado al Estado.
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